Los hechos: Con 47 años, Andrés Calamaro ha recuperado la forma y el fondo de un hombre que media la treintena. Su concierto del domingo ponía fin a la gira española y era su tercer bolo en los últimos cuatro días después de Córdoba (jueves) y Madrid (sábado) sin asomo de cansancio. Generoso, tocó dos horas y cuarto, casi una treintena de canciones, fue de «La lengua popular» a «Los Rodríguez», sacó al escenario al tango argentino y a Jaime Urrutia, se agarró a la guitarra y se encaramó a los extremos del proscenio, se quitó las gafas de sol ocasionalmente y descubrió una cara más ancha y unos ojos más pequeños, fumó y se golpeó el pecho, olvidó alguna estrofa, cambió alguna palabra en sus letras e introdujo arreglos nuevos en forma de guiños a Sabina o Bob Marley. Regaló parrafadas lisérgicas (pocas) y fue afinando la voz a medida que avanzaba el repertorio. Su banda suena a rock, del bueno, del de toda la vida, nada fácil de ver por aquí.
Las opiniones: Cuando Andrés Calamaro volvió a los escenarios, hará dos años, lo vi en San Sebastián frágil y herido, refugiado tras un atril, un animal escénico que había perdido rabia, presencia, altura. El domingo celebramos su regreso, el de un Lázaro de sí mismo, capaz de volver a aprender a alzar una barra de micro como un trofeo arrancado al Olimpo del rock, encaramarse a sus mejores estrofas («Paloma», «Estadio azteca», «Y todo lo demás», «Soy tuyo») sin asomo de vértigo o convertirse en atleta de distancias cortas para acelerar la parte más urgente de su repertorio posible («Canal 69», «Sin documentos», «Elvis está vivo», «Alta suciedad», «Me arde»). Hubo momentos, muy pocos, en que lo vi como un púgil a punto de tirar la toalla o vencer por KO, flexionado a unos metros de distancia del atril, como surfeando el escenario en busca de una ola que le alzase definitivamente, dudando de su recuperación, quizá todavía con miedo al trapecio. Impresiones fugaces, ya digo. Fue el campeón que todos estaban esperando. «Se puso las pilas», resumía uno de sus fieles.
Una conclusión: Elvis se le aparece en la frutería y la religión rastafari le ilumina cuando coge una guitarra acústica. Tiene sobredosis de repertorio magistral y sabe darle una vuelta de tuerca a sus clásicos, arreglos justos, eficaces. Es capaz de defenderse sin instrumento, sólo con Tito Dávila al piano. Llena el escenario. No es fénix porque, con todo, nunca hubo cenizas. Es más importante, más duro: un Prometeo que en la carrera de fondo ha logrado ganarle la batalla a los dioses. Gran Andrés. Siempre.